El tema de la supermanzana en Cuenca

En Facebook encontré un “link” que me re-dirigía a una encuesta de Diario El Mercurio

¿Está a favor o en contra de las supermanzanas?

Esta pregunta, que parece abordar un tema sin mayor trascendencia para gran parte de conciudadanos, inmediatamente me llevó a otras dudas: ¿Cuál sería mi respuesta si no hubiera ido más allá de los límites de Cuenca, del Ecuador, de América, de “Occidente”, de la televisión, de mis antiguas creencias? ¿Cuál sería mi respuesta si no supiera nada sobre supermanzanas, sobre prácticas urbanas, sobre política, sobre “ciudad”, sobre movilidad, sobre problemas ambientales? 

Decidí buscar en Google “Supermanzanas + Cuenca + Diario el Mercurio” y los dos primeros resultados eran noticias cortas que narraban el ejercicio propuesto. Mientras recorría el texto de la segunda noticia, me fijé en dos imágenes: la primera era de portada y mostraba la esquina de la Catedral (nueva) inclinada y unos peatones cruzando un paso zebra. La segunda imagen, que apareció en la mitad del texto, era publicidad de Kia Motors en donde se enfatizaba la velocidad de un “fantástico auto rojo” recorriendo alguna calle de una ciudad de Europa. Entonces, curiosamente mientras escribía estas palabras, como un eco lejano que se repite todos los días, se escuchaba a dos calles de mi casa la canción del carro del gas: “…por tus cuyes bien asados y por tu mote pelado, por eso, por eso, por eso te quiero Cuenca”.

La transformación urbana en temas de movilidad es una tarea que ha estado pendiente desde hace décadas en varios gobiernos de turno y que, “más allá de ejercicios de acupuntura y maquillaje”, todavía no se ha materializado de manera contundente en la ciudad. Quizá se deba a que los gobernantes y dirigentes políticos siempre se enfrentan a la más temida oposición: los grupos de poder y el pueblo. Los unos quieren sacar una “tajada” y los otros temen y se oponen a cualquier cambio.

Como es sabido, la configuración y la dinámica actual de las ciudades responde a una cadena de agentes y sucesos que, a través del tiempo, han moldeado los imaginarios del pueblo y el espacio. En este ejercicio, a modo de acotación, me gustaría tratar brevemente y de manera general el impacto de tres grandes protagonistas del siglo pasado que continúan reinando en nuestra ciudad: el automóvil, el petróleo y el cemento.

A inicios del siglo XX, la industria del automóvil, conjuntamente con el desarrollo de la producción en cadena, revolucionó el concepto de la movilización y la configuración del mundo. La llegada del automóvil como medio de transporte privado y masivo, no solamente alteró la concepción de los límites del tiempo y del espacio, también, se presentó como una insignia de progreso que reguló las prácticas de movilización, la configuración vial, las dimensiones de calles y veredas y, consecuentemente, la planificación urbana.

Como parte de este engranaje, la industria del petróleo, que inauguró nuevas conquistas en oriente medio, estuvo siempre lista para establecer de manera hegemónica los carburantes y lubricantes que se utilizaron para alimentar los ávidos motores de combustión interna y, al mismo tiempo y entre otros frentes, determinar el material que se utilizó como superficie de rodadura de millones de kilómetros de vías para el automóvil: el asfalto.

El siglo XX también fue el escenario perfecto para el surgimiento, auge y expansión del tercer protagonista de esta historia: la industria del cemento “Portland”. Este conglomerante del hormigón, a más de ser la materia prima que se utilizó y se sigue utilizando para la construcción de casas y edificios, sirvió para la ejecución de redes viales y ciudades enteras hechas con billones de toneladas de hormigón.

Así, figuras famosas como Le Corbusier, Lúcio Costa, Robert Moses, y una gran cantidad de arquitectos y/o urbanistas, impulsaron las dinámicas instauradas por estas tres industrias que parecerían haberse alineado a la perfección con los modelos políticos y económicos prevalecientes, dictaminando, en muchos sentidos, el rumbo del mundo y de las “ciudades modernas”.

Ahora bien, ¿cuál es el problema?

Gracias a investigadores y pensadores que, desde mediados del siglo XX, se cuestionaron y reflexionaron sobre los aciertos y desaciertos del uso masivo del automóvil, del petróleo y del cemento, existen datos que demuestran la urgente necesidad de repensar los “modelos heredados”.

En el caso del automóvil, que desde muchas perspectivas es considerado un ícono de progreso y estatus, su masificación decantó en varios problemas que se evidenciaron en la mayor parte de ciudades del mundo: por primera vez en la historia, un máquina era capaz de ocupar, restringir y delimitar los espacios que habían sido destinados para el “ciudadano de a pie”, e incluso desplazarlo a las “afueras” con el pretexto de que, haciendo uso del automóvil, las distancias serían ‘más cortas’. Además, las nuevas configuraciones urbanas alteraban negativamente las interacciones sociales, el uso del espacio público y los flujos y ritmos de la ciudad. Por esta razón, desde hace más de 50 años, en varias ciudades del mundo se empezó a rectificar y a controlar la influencia negativa del automóvil sobre espacios que debían ser destinados  para uso del peatón.

Por otro lado, desde el punto de vista medioambiental, como es sabido, estas tres industrias (del automóvil, del petróleo y del cemento) representan una seria amenaza al futuro del planeta. Los automóviles conjuntamente con los derivados del petróleo son responsables de más de un tercio de la contaminación ambiental global. Además, la industria del cemento emite la misma cantidad de dióxido de carbono que la suma de todos los automóviles de Asia, Estados Unidos y Europa, es decir, más de tres billones de toneladas de CO2 por año. Por estas y otras razones, actualmente en países desarrollados se está promoviendo y utilizando otras formas de movilidad y se ha empezado a desarrollar prácticas y materiales de construcción alternativos menos agresivos con el medio ambiente.

Volviendo a Cuenca y a las “supermanzanas”, actualmente el centro histórico, incluso siendo “patrimonio de la humanidad” al igual que más de mil ciudades alrededor del mundo, es un lugar caótico en dónde prima la contaminación del aire, la contaminación auditiva, la hostilidad de los conductores de automóviles y la zozobra de peatones, ya que, a pesar de existir una gran cantidad de pasos zebra, aún son parte de la ornamentación inútil de la ciudad.

Personalmente apoyo los estudios necesarios que nos permitan establecer un marco político y legal y una estrategia urbana para que sea posible la peatonalización y la movilidad alternativa. Sobre todo creo que existe la necesidad de sumar fuerzas para que las reflexiones lleguen a la conciencia de la mayor cantidad de ciudadanos, pues como se sabe, la ciudad, más que el resultado de un plan de ordenamiento a cargo de un equipo de urbanistas, es un organismo complejo producto de las formas de pensar de los individuos y colectividades que la habitan.